—Se le espera en la habitación 403, doctor Mookherji.

La habitación 403 resultó ser una oficina para interrogatorios compuesta de dos sectores. El de la parte trasera estaba unido al Centro de Cuarentena; el sector frontal pertenecía a la parte del edificio abierta al acceso público, con un espeso tabique de cristal entre ambos. Seis astronautas de aspecto agotado estaban tumbados en camas plegables tras el tabique, mientras que tres miembros del personal de Cuarentena se paseaban inquietos por la parte frontal. La irritación de Mookherji se calmó al comprobar que uno de estos últimos era un antiguo amigo suyo de la Facultad de Medicina, Lee Nakadai. El japonés, un hombrecillo delgado, tenía veintinueve años, uno más que Mookherji. Solían reunirse de vez en cuando para almorzar en la administración del puerto espacial y, a principios de año, habían salido con un par de gemelas filipinas, pero la urgencia del trabajo los había mantenido separados durante meses. Nakadai fue directamente al grano:

—Pete, ¿has oído hablar alguna vez de una epidemia de pesadillas?

—¿Qué?

Señalando a los hombres tras el tabique de cuarentena, Nakadai continuó:

—Estos tipos llegaron hace un par de horas de la Estrella de Norton. Traían un cargamento de corteza del árbol de fuego verde. Físicamente, la comprobación resultó perfecta hasta una aproximación de cinco decimales, y los hubiera dejado ir a no ser por algo curioso. Todos se hallan en grave estado de agotamiento nervioso, que, según dicen, es el resultado de no haber dormido prácticamente durante todo el viaje de regreso, que ha durado un mes. Y la razón es que todos ellos tuvieron pesadillas, auténticas pesadillas que les destrozaban el cerebro en cuanto intentaban dormir. Sonaba tan peculiar que me pareció oportuno proceder a una comprobación neuropática, por si hubieran contraído algún tipo de infección cerebral.



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