
El doctor Peter Mookherji, residente de neuropatología, empezaba su visita matinal por el sexto nivel del hospital cuando la voz suave del microrreceptor unido a su oreja izquierda le pidió que se presentara inmediatamente en el edificio de Cuarentena. El doctor Mookherji protestó:
—¿No pueden esperar? Este es el momento más ocupado del día y…
—Se le ordena que venga en seguida.
—Mire, tengo una chica en coma, que ha de recibir su sesión de teleterapia dentro de quince minutos y que espera verme antes. Soy su única relación con el mundo. Si no estoy allí cuando…
—Se le ordena que venga en seguida, doctor Mookherji.
—¿Por qué los de Cuarentena necesitan un neuropatólogo con tanta prisa? Déjenme al menos que me ocupe de la chica y, dentro de cuarenta y cinco minutos, podré…
—Doctor Mookherji…
Era inútil discutir con una máquina. Mookherji trató de dominar su genio. El genio fuerte constituía un rasgo típico en su familia, junto con el gusto por las salsas picantes y el talento para la telepatía. Gruñendo, cogió un comunicador de datos, se identificó y pidió al Centro de Control del hospital que volviera a programar todo su horario de la mañana.
—Intercalen un retraso de media hora como sea —dijo—. No puedo evitarlo… Arréglenlo como puedan. Me han pedido que vaya a Cuarentena.
La computadora fue lo bastante amable como para tener un vehículo esperándole cuando salió del hospital. Le llevó a toda velocidad a través del puerto espacial hasta el edificio de Cuarentena, en sólo tres minutos. Sin embargo, seguía furioso cuando llegó allí. El radar de la puerta comprobó su tarjeta de identificación, y uno de los innumerables altavoces del Centro de Control le anunció solemnemente:
