La pérdida de dos pacientes en una misma mañana supuso un shock para todo el personal.

A las 9.17 se encendió la luz roja en el monitor de la señora Maldonado, de ochenta y siete años, en estado de postrasplante y que hasta entonces había ido muy bien. Se le había presentado una endocarditis aguda al regreso de un viaje al sistema Júpiter. A su edad, no tenía vitalidad suficiente para resistir el lento proceso de desarrollo de un corazón nuevo mediante punzón genético, por lo que le habían hecho un trasplante sintético y, durante dos semanas, todo había salido muy bien. De pronto, sin embargo, el Centro de Control del hospital empezó a recibir una horrible serie de informes por telemetría desde el lecho de la señora Maldonado: acción de la válvula: cero; tensión: cero; respiración: cero; pulso: cero… Todo cero, cero, cero. La cinta del electroencefalograma reflejó una sacudida violenta —como si hubiera recibido un shock brusco e intenso—, seguida de un minuto o dos de acción irregular y, a continuación, el fin de la actividad cerebral. Mucho antes de que ningún miembro del personal del hospital llegara hasta su cama, el equipo automático de reanimación, tanto químico como eléctrico, se había hecho cargo de la paciente. Pero ya no tenía salvación. Una hemorragia cerebral, que llegó sin el menor aviso, había causado un daño irreversible.

A las 9.28 tuvo lugar la segunda pérdida: el señor Guinness, de cincuenta y un años, tres días después de la operación de una embolia coronaria. La misma secuencia de acontecimientos. Una brusca sacudida del sistema nervioso, una respuesta psicológica inmediata y fatal. Proceso de resucitación: negativo. Nadie entre el personal podía ofrecer una explicación plausible para la muerte de el señor Guinness. Como la señora Maldonado, también él había estado durmiendo pacíficamente, con todos los signos vitales inalterados, hasta el momento del ataque fatal.

—Como si alguien se les hubiera acercado y les hubiera chillado ¡uh! al oído… —murmuró un doctor, desconcertado ante los gráficos, y señaló la alterada línea del EEG—. O como si hubieran sufrido una pesadilla terriblemente vívida, con una sobrecarga sensorial insoportable. Pero no hubo el menor ruido en la sala. Y las pesadillas no son contagiosas.



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