Quizá fuera diferente aquí. Quizás aquellos seis eran malos receptores, por la razón que fuera, y en este lugar habría disponibles mentes más receptivas. Quizá. Quizá. Próximo a la desesperación, el vsiir se apresuró por el campo y se introdujo en el primer edificio en el que sintió mentes abiertas. Había cientos de humanos allí, ocupando distintos niveles, y mentes abiertas por todas partes. El vsiir localizó la más próxima y, con cierta preocupación, anhelo y esperanza, trató de establecer conexión entre su mente y la del humano:

—Por favor, escuche. No quiero hacerle daño. Soy un organismo no humano llegado a su planeta en penosas circunstancias y que sólo desea regresar a su propio mundo…

El ala de enfermos cardíacos del hospital del Puerto Espacial, en Long Island, se hallaba en la planta baja, en la parte de atrás, donde era posible someter a los pacientes a terapias de flotadores sin trastornar el equilibrio gravitacional del resto del edificio. Como siempre, el hospital estaba lleno —constantemente llegaba más gente en las naves-ambulancia y, por su propia seguridad, la mayoría eran hospitalizados en el mismo puerto espacial—, y el ala de los cardíacos se encontraba más que abarrotada. En ese momento había una docena de infartos esperando el trasplante, nueve trasplantes en recuperación, cinco coronarias en estado de emergencia, tres proyectos de regeneración de ventrículo, un trabajo de corrección de aorta y nueve o diez casos más. La mayoría de los pacientes eran mantenidos en flotación, con el fin de reducir la tensión gravitacional en sus tejidos dañados, a excepción de los casos de trasplante, que se sometían a la gravedad total normal en la Tierra para que sus nuevos corazones adquirieran la resistencia y firmeza adecuadas. El hospital tenía una magnífica reputación, uno de los índices de mortalidad más bajos del hemisferio.



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